lunes, 24 de julio de 2017

Plafón de los Sueños (Episodio I) Manglar de Ilusión.


Plafón de los Sueños (Episodio I) Manglar de Ilusión.
Historia & Arte  Miguel A. Rojas H. © - Julio 2017 

1982.
Una mañana calurosa en la ocupada ciudad de Puerto Plata, llegaba un camión con cargamento de madera a la distinguida fábrica de fósforos. Gerónimo miraba con tranquilidad como entraba el camión desde lo alto del balcón de la oficina de su tío Lauro, quien explicaba con nerviosismo los motivos de su viaje a Santo Domingo por una repentina situación. Aunque eso siempre era una costumbre de el. Lauro en sí no era su tío, sino Sobrino de Su abuelo (Primo de su padre). El explicaba como debían ser las cosas desde ese momento, pues pensaba que las cosas serían simples para Lauro.
-Como yo no tengo propiedad, debo entregar la pensión. Ya eres un hombre y creo que mientras tanto, debes retornar a tu natal Montecristi y recuperar la vida que perdiste. Explicaba su tío.
Lauro se alejaba silenciosamente, el ruido de las máquinas se volvió una sinfonía Sonora en la mente de Gerónimo, quizás sería como siempre, se iba y volvía llegando borracho.
Al caminar por el Malecón de la ciudad, Gerónimo disfrutaba del viento marino fluyendo su mente a Pensar en su vida infantil. Pocos recuerdos de sus abuelos, o quizás sus padres. Su madre murió cuando el tenía 8 años y su padre se fue de la casa inmediatamente. No recuerda que les pasó a sus abuelos ya que Lauro nunca le contó de sus paraderos. Mas nunca los volvió a ver y nunca supo cuando o como murieron. Sabe que vivió una vida cómoda en Puerto Plata bajo los cuidados del sobrino de su abuelo  (Lauro) aunque este lo dejaba durante varias temporadas donde diferentes mujeres y de vez en cuando volvía y lo buscaba, pero pasó la mayor parte del tiempo de su niñez con mujeres que al parecer Lauro pagaba por placeres de la vida. Al cumplir los 14 trabajó en la fabrica de fósforos la cual Lauro era contable. Eran pocos sus recuerdos de su niñez en Montecristi.   
Sus recuerdos se esfumaron al llegar a la pensión y ver que solo sus cosas quedaban en la sala, y Lauro con mochila en mano mientras fumaba un cigarrillo. 
-Debes buscar la casa de Tío Carlos, recupérala y vive en ella. (Decía Lauro con nostalgia) Adiós hijo mío. Abrazando al muchacho en quizás el Segundo abraso de su vida entre ellos. Lo vio salir de la pensión y caminar tranquilamente rumbo al parque.
De autobús en autobús Gerónimo fue saliendo de Puerto Plata. Una mochila, un bulto, sus cuadernos, libros y su pequeño telescopio le incomodaban al montarse y desmontarse en cada autobús que tomaba. Ya cuando iba en el último de los autobuses en un momento de somnolencia durante el viaje, vió una cierta cantidad de Chivos en una finca despertando su curiosidad por ellos, ya que desde niño no los había visto. Soñó con manglares y nadaba entre ellos. Agua tibia y cristalina brillaban al disfrutar. Despertando de inmediato. Había llegado a San Fernando de Monte Cristi.

(Click en la foto para agrandar)

Avistó el reloj a lo lejos (Parecía un sueño) Rápido encontró una pequeña posada, casi de mala muerte. Pero era mientras tanto encontraba trabajo en la pequeña y olvidada ciudad. Caída la noche buscó un lugar para poder comer mientras la mayoría de los que en la calle estaban, bebían libremente del ron barato. Pescados y tostones fue su cena y antojado de una cerveza la pidió a la mesera, y con la dulce mirada de la joven quien le atendía, quizás reflejó en sus rostro algún deseo o interés de conocer a tal joven recién llegado.
Golpes secos de fuetes despertaron a Gerónimo. Tras asomarse por la ventana descubrió una multitud salvaje dándose  golpes y látigos entre los participantes. Era el carnaval Montecristeño (Quedó perplejo) luego de un baño y salir a la calle se sentía diferente, era una nueva experiencia, olores a ron, pieles, perfumes baratos, y chivo guisado, lo asombraron de una nueva forma. Era el pueblo mismo frente a sus ojos. Era la primera vez que experimentaba su propio pueblo con la mente bien puesta. A lo lejos el reloj le saludó, impulsado inmediatamente en su encuentro y verle más cerca.
(Click en la foto para agrandar)

La Iglesia, el parque, el reloj, el viento marino y su hambre de felicidad se daba banquete de alegría al disfrutar de ese momento. Y como si fuese postre al bajar la mirada del reloj, aquella joven de pelo negro, ojos verdes, nariz perfilada y labios como las fresas de Constanza, lo paralizó inmediatamente.
- Dios mío. Dijo Gerónimo con voz baja.
Ella también le descubrió viéndole y no tardó su sonrisa en destapar su cosquilla interior. Bajó la mirada y la levantó nuevamente para confirmar si aún el la seguía observando y al darse cuenta de que sí. Ella dejó de jugar con unos niños que imitaban lanzar sus fuetes al aire. El se volvió una momia al ver que ella se acercaba lentamente.
- Soy Elibeth. Dijo ella.
-Hola, pues.. soy Gerónimo…
-No te había visto, eres de aquí ? Preguntó Elibeth
-Bueno si, pero no…
-Como así? Si pero no? Siguió preguntando ella
-Bueno, lo que pasa es que nací aquí y viví en Puerto Plata y ahora he vuelto.
-Ah que bueno… Contestó la chica
Por un momento se quedaron atrapados en sus miradas. El estaba como el helado dejado al sol en el verano y ella quizás soñando en su interior.
-Bueno, pues quizás nos veamos luego, debo irme. Se despedía Elibeth con una sonrisa
- Si.. cuídate, adiós. 
Al verla alejarse con los niños del parque hacia las calles profundas Gerónimo se sintió muy dichoso de que alguien de tanta hermosura como aquella y bella joven le hubiese saludado.

(Click en la foto para agrandar)

-Hey… Le habló un limpiabotas de muchos años encima
Gerónimo volteó la Mirada y vio a aquel señor de unos 80s años limpiador de botas riéndose por dentro de su aturdimiento por aquella joven.
-Ten cuidado, esa niña tiene 16 años, es la hija del barbero Pedrito, es celoso y el le tiene un enamoradito, hijo del dueño de medio Montecristi. Advertía el viejo limpiabotas
-Oh no, no se preocupe, primera vez que la veo, que voy a enamorar yo.. Respondía Gerónimo
Un poco asombrado veía como el limpiabotas se alejaba y volvían los sonidos de los fuetes y el bullicio de la gente. Ron por doquier y un sin fin de festejos en las calles.
Los días pasaron normalmente mientras el sentido de su nueva etapa de vida era un algo extraña. Tenía dinero suficiente para un tiempo definido y poder buscar trabajo en algo que apareciese mientras tanto. No sabía como preguntar por sus abuelos o donde buscar información.
Una mañana al despertar y mirarse en el espejo, notó que sus cabellos habían crecido un tanto, motivándose así visitar al barbero del pueblo. Preguntando a los caminantes del pueblo, llegó Gerónimo a una antigua casa de madera en muy buenas condiciones. Una persona solo estaba como cliente al momento de llegar.
- Saludos, tome asiento por favor. Indicaba el barbero.
Al ver las antiguas sillas de espera, vio como diferentes periódicos y revistas se amontonaban sobre una de ellas. No tardó en leer uno de ellos que era el del día en Corrientes. Al pasar de las páginas, una de las noticias menos importantes puso su piel mas blanca que de costumbre. Decía la noticia. “Hombre Puertoplateño es detenido en Santo Domingo” era su tío Lauro que había sido apresado por motivos de una mujer el cual en un antiguo amorío habían procreado un niño y este no lo quería mantener.
- Adelante amigo, su turno. Interrumpía el barbero.
No lo podía creer, quedando mudo durante su tiempo en dicha barbería. Se hacía muchas preguntas en su mente y dándose cuenta de que ya si era cierto que no volvería a ver a su tío durante mucho tiempo. Al terminar el corte del cabello, al salir de la barbería vio como también el barbero salía detrás de el cerrando su negocio.
- Trabajar al lado de su casa, tiene sus ventajas. Nuevamente hablaba el barbero con una alegre Mirada.


(Click en la foto para agrandar)

Pero la sorpresa mas impactante fue ver a la joven del parque, Elibeth abrirle la puerta al barbero y entender que quizás era su padre o algún familiar. Sin miedo fue a saludarla.
- Es tu padre?. Preguntó Gerónimo.
- Si, es mi padre. Respondió ella.
- Increíble, recién acabo de pelarme aquí, me ha gustado la barbería. Explicaba Gerónimo.
- Hay que bueno. Dijo ella.
- Sabes como puedo llegar a los manglares, necesito buscar algo. Preguntó el
- Claro, solo debes irte por la carretera que conduce al Morro y antes del puente verás los pequeños botes que van a ellos. Si quieres yo te llevo, pero esta tarde, ahora no puedo. Dialogaba ella.
En un momento Gerónimo se quedó mirándola atónitamente, observando cada gesto suyo.
- Muy bien, trato hecho, nos vamos esta tarde. Respondió Gerónimo.
- En el reloj a las tres de la tarde. Señaló ella.   
Al pasar el tiempo y llegar la hora indicada, Gerónimo ya estaba en la espera de la muchacha de ojos magníficos y se fueron caminando como si se hubiesen conocido desde hace ya mucho tiempo, perdiéndose así cada vez mas la timidez. El camino fue largo pero así ocurrieron muchas preguntas y se disfrutó mucha la compañía entre ambos.
- ¿Nunca has visto los mangles? Preguntó ella.
- Si, realmente cuando muy niño. Contestó el.
- ¿Que quieres hacer allí? Preguntó ella.
- Es una larga historia. Mis abuelos vivían en los manglares.
- ¿En los manglares? Interrumpió Elibeth con risa un tanto sarcástica.
- Si, aunque increíble pareciera, no se porque, pero mi abuelo construyó la casa en un lugar remoto y seco de los manglares para estar alejado de todos, supuestamente. En verdad no se nada de ellos y se sabe poco. Quiero ver si veo algo. No se. Explicaba Gerónimo.
Al llegar, alquilaron un pequeño bote y se internaron en los manglares. Elibeth tenía experiencia y ella misma iba remando rumbo a las profundidades.
- Sabes, es fácil perderse aquí adentro. Hay pequeños canales que se unen al mas grande y si no los conoces, puedes extraviarte. Explicaba Elibeth.
Pasaban los minutos en aquella tranquilidad de la naturaleza. Solo el chapoteo de los remos adornaban el sonido del viento en aquella tarde. Se miraban y sonreían. Elibeth se daba cuenta de que el estaba loco por ella y de cómo la miraba y bajaba la vista.  En un momento el volvió a verla y bajar la mirada. Ella en ese momento agarró su barbilla y con un delicado dominio de su cabeza, llevó sus labios a los suyos y los besó tan sutilmente, que Gerónimo quedó suspendido en el tiempo.


(Click en la foto para agrandar)

- Quería besarte. Dijo ella.
- Dios mío. Un atónito Gerónimo respondía. 
- Solo quería sentir tus labios. Aunque no lo parezca, mi vida es complicada. De verdad perdóname. Explicaba Elibeth.
- En verdad no es nada. No te preocupes, mis intensiones no son ningunas en este momento. Respondía Gerónimo mordiéndose los labios.
En ese justo momento, una brillante y fugaz luz destelló en el fondo de unos árboles a final de ese canal del manglar, el cual aturdió a Gerónimo incluso llamando su atención en tal hermoso momento justo después del beso.
- ¡Mira Elibeth!. Brilló algo al final del canal. ¡Vamos allá!. Indicó él, muy sorprendido.
Fueron en el pequeño bote hacia el lugar que el vio. Dieron varias vueltas, pero no pudieron ver más nada. Incluso ya el sol había bajado lo suficiente para devolverse, pues la oscuridad ya iniciaba su dominio al este del lugar. 
Al devolverse y llegar al lugar donde estaban algunos botes, emprendieron su rápido andar al pueblo ya iniciada la oscuridad. Pocas palabras se cruzaron entre ambos. Había sido ese beso que en el nació un miedo al recordar las palabras que le había hecho entender aquel limpiabotas días atrás. Gerónimo acompañó a Elibeth hasta el parque y siguió su camino a su posada.
Los días pasaron y en cierta forma Gerónimo se había desanimado un poco en cuanto a todo. Había gastado suficiente dinero, no había encontrado algún trabajo, ni tampoco tenía datos de nada de la casa de sus abuelos. El carnaval había pasado. Habían llegado los vientos alisios de Marzo, eran también época de política, aunque en Montecristi aquellos individuos no visitaban aquel lejano pueblo, pero se sentían los movimientos.
Una mañana Gerónimo despertó con la intensión de ir al parque, notando que ya casi había terminado todo su dinero y que si no hacía algo rápido, no pudiera seguir pagando el alquiler donde se estaba hospedando. Pensó quizás tal vez era ya hora de tener suerte en algo. Limpiar sus zapatos se volvió una prioridad en ese momento, ya que si algo de trabajo se le presentase, por más humilde que fuese debía estar un limpio en todos los sentidos.
Se dirigió al parque y pudo observar sl viejo limpiabotas a lo lejos, encaminándose a su puesto en dicho parque.
- ¿Como tá uté? Preguntó Gerónimo con un acento Cibaeño para entrar en confianza con el señor.
- Bueno hijo, tamo bien. ¿Va a limpiar?
- Si señor. Se acuerda de mi? Preguntó Gerónimo.
- Claro mijo, el joven de lo otro día. Respondía el viejo limpiabotas.
- Les traje estos zapatos, a ver si me dan suerte. Venga acá. ¿Y como se llama usted? Preguntó Gerónimo.
- Me dicen Mangú. Bueno, así me decían hace mucho tiempo cuando trabajaba para los viejos del manglar. Explicaba Mangú.
- ¡¿Los viejos del manglar?! Exclamó Gerónimo muy sorprendido.
- Eso eran unos viejitos que vivían en el manglar, ellos tenían su casa escondida, importaban sal pa Nuevayor. Yo trabajaba pa ellos. Ya tan muerto seguro, se fueron en un barco pa Nuevayor.
- ¡¿Cómo se llamaban?!. Preguntó excitado Gerónimo ya sabiendo la respuesta que vendría.
- Don Carlos y Doña Alice. Respondía Mangú.
En ese momento Gerónimo quedó invadido por  una sensación pocas veces sentidas por el mismo. No lo podía creer. Eran ellos, sus abuelos, al fin ya tenía un dato desde que llegó desde Puerto Plata.
- Yo soy su nieto. Le dijo.
- ¿Ute ta relajando?. Preguntó el viejo limpiabotas un tanto incrédulo.
- Si, soy yo.
Los ojos del viejo se enrojecieron y abrasó al muchacho en un gesto de felicidad.
- Hay santísimo, uté es el niño Gery hay Dio mío. Resaltaba Mangú.
Por un período de media hora hablaron del pasado y su familia, de cómo habían sucedido ciertos acontecimientos que Gerónimo nunca entendió o su tío Lauro nunca le explicó.
- Tu abuela, Doña Alice, era americana, ella vino con la intervención en el 1916, era una niña. Su papá nunca supe quien fue, pero se quedaron viviendo en Montecristi. Don Carlos la conoció bien Joven y se casaron. Ellos luego tenían una salina y vendían sal a los americanos, lo llevaban en barco.   Explicaba Mangú.
Gerónimo se estaba convirtiendo en otra persona en ese momento al escuchar las palabras de ya su nuevo amigo, el limpiabotas de apodo ‘Mangú’.
- Lo ma triste fue cuando murió Betania, tu mamá, tu tendría como 8 años, creo. Y tu papá se fue y abandonó a tus abuelos. Un sobrino, creo, fue que te crió, verdad? Preguntaba Mangú.
- Así es. Afirmaba Gerónimo.
- Y donde el tá? Preguntó el viejo.
- Se fue a la Capital.
- Venga acá, y que pasó con la casa?  Pregunta Gerónimo.
- La casa ta ahí. Más nunca he vuelto, nadie sabe donde ta, porque está bien oculta. Pero ven acá muchacho, esa casa es tuya. Dice Mangú.
- Eso creo, debo buscarla, donde es que está?
- Esa casa esa en lo último del primer canal, a la izquierda. Si te subes al morro se ve desde allá. Responde Mangú.
Al terminar la conversación se despiden con un abraso y prometiéndole Gerónimo a Mangú juntarse muy pronto para seguir conversando. Esa misma tarde sale corriendo con locura a rentar un bote y buscarla por su propia cuenta. Mientras iba remando inexpertamente, recordó aquel inolvidable beso y el lugar donde había visto aquel destello. Siguió sus instintos y recordó las palabras de Mangú, doblar a la izquierda al fondo.

(Click en la foto para agrandar)

Ahí estaba, la casa, detrás de los mangles, aún en pie. El zinc sobresalía por encima de las maderas. Un pequeño puente de madera era el lugar perfecto para poder desmontarse del bote. va al encuentro de la vieja casa en lo profundo de la maleza, sintiendo su cuerpo correr en cámara lenta y finalmente llega y descubre que la casa ha sido bordeada por una pared de ladrillos y de un acceso muy difícil. Rodea la casa y encuentra un pedazo del muro que se ha caído por culpa de los árboles.

(Click en la foto para agrandar)

Logra subirse por la pared tambaleante y logra entrar por una ventana abierta del lado de dicha casa. Sorprendentemente ya estaba dentro. Descubre con tristeza que el piso a sufrido, seguramente por crecidas mareas o quizás tal vez la sal abundante de la zona. No hay muebles ni nada, solo paredes.
Caminando y explorando anonadado y tratando de recordar algo de su niñez sigue caminando dentro de la casa y nota en la pared hay unas líneas que denotan un acceso secreto. Busca la forma de abrirla y se abre la pared muy fácilmente encontrando unas escaleras en madera bruta. No duda en subir y sube al plafón de la casa, quedando paralizado al descubrir aquel extraordinario escenario. 

Continuará…